Banda ancha

Una reflexión de P. Fernández

Las empresas de telefonía móvil nos envían a través de sus servicios de atención al cliente un mensaje claro: la humanidad ha alcanzado el punto de no retorno y galopa desbocada hacia el abismo. El aviso es, al principio, cortés y aséptico. Al otro lado del mundo una voz dice, como Vlad dijera a Mina, “he atravesado océanos de código binario, porque estoy en Venezuela, para preguntarle su nombre con el fin de dirigirme a usted”. El incauto, que no abriga sospechas, lo da. ¡Ah! Todavía no lo sabe, pero ha hecho saltar el séptimo sello. Hace una pregunta y recibe una respuesta que no sirve, de modo que reformula la pregunta, de hecho lo hace varias veces, y recibe, palabra por palabra, la misma respuesta. A los treinta minutos de este día de la marmota en miniatura busca la cámara oculta, trata de comprender la broma cósmica, transpira, se aturde y formula aún una pregunta más. La respuesta, sílaba tras agónica sílaba, es la misma. No hay salida del bucle: ahora es usted un ratón blanco corriendo en el centro de la noria. No se enfade con ellos. ¡No puede! Sería tan estúpido como enfadarse con una tormenta de arena donde los granos viajan todos en una dirección más o menos determinada, sí, pero sin propósito común ni aprehensible. Gente sin respuestas atiende consultas que no comprende, solicitan uno tras otro el DNI, el número de línea del titular y su nombre por favor con el fin de dirigirme a usted, información que a partir de ahí girará con la alegría demente de una pelota en un corro de niños tontos, cada uno endosándosela al siguiente por no saber qué hacer con ella. ¿Y por qué había de ser de otro modo? Los enviados al frente de la atención telefónica son un mero instrumento al servicio de designios más altos. En un curso de formación de cuatro horas se les habló de la filosofía corporativa, el bien común corporativo, el tono corporativo, la importancia corporativa del cliente corporativo, y se les amenazó, al mínimo signo que mostrasen de inteligencia o iniciativa, con el despido fulminante de una corporación de la que no saben nada y donde su único cometido es repetir una retahíla de fórmulas precocinadas con la machaconería de un martillo neumático hasta conseguir que el desquiciado interlocutor cuelgue, o se cuelgue, o muera envenenado en su propia amargura. No descargue su ira sobre esa imagen en espejo que le atiende al otro lado del auricular; recuerde que se le está poniendo a prueba. Evite alimentar las filas de los resentidos y los groseros, ¡sea uno de los justos! A lo sumo recurra, perdida la gran guerra, al consuelo de la pequeña victoria y cuando le pregunten por enésima vez su nombre con el fin de dirigirme a usted, responda “Pimpón” para resarcirse obligando a un adulto a decir “tenga la amabilidad de esperar un momento, don Pimpón”. No vaya más allá, pues se acerca la hora de responder de nuestros actos.

Porque así está escrito que Vodafone, Orange, Movistar y Ono encarnan la revelación de Juan, son los cuatro heraldos del fin de los días y muy pronto, quién sabe si mañana mismo, sonarán los Siete Politonos y todos habremos de acudir a rendir cuentas. El Día del Juicio nos hallará mirando al cielo, sobrecogidos y babeantes, esperando hasta que nos llegue el turno de comparecer y una voz tronante, primordial y aléfica, llegada del origen de los tiempos y anunciadora de su fin, una voz que es alfa y omega, una voz terrible, digo, nos pregunte nuestro nombre por favor con el fin de dirigirme a usted.

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Una respuesta a Banda ancha

  1. ¡Qué sabias palabras, don Pimpón! Yo estoy a puntito de finalizar mi permanencia con Orange y no sé a qué diablo vender mi alma… Me han aconsejado Symio (http://www.simyo.es/), por sus económicas tarifas y porque no te exigen permanencia… Seguramente habrá también algún inconveniente que terminará por salir a la luz, pero parece una buena opción de momento… ¡Quién sabe!

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