Una reflexión sobre el libro electrónico

Uno de los primeros libros que leímos en Pequod antes de abrir fue Rebel Bookseller de Andrew Laties, veterano agitador cultural estadounidense que ha visto y vivido de todo en sus muchos años de experiencia, y que escribió esta especie de cuaderno de campo del librero independiente. Puesto que tanto las grandes corporaciones como la natural afición de la humanidad por las profecías apocalípticas nos han abocado al debate «libro-electrónico-contra-libro-en-papel», hemos decidido compartir este extracto del prólogo de su libro, donde Edward Morrow reflexiona sobre el asunto. Es un poco largo, pero vale la pena. ¡Esperamos vuestras opiniones!

«(…) El libro electrónico ofrece grandes mejoras de acceso y portabilidad, pero tiene también grandes inconvenientes. Por ejemplo, no se puede usar un ebook para calzar una puerta ni se le puede arrojar a la cabeza a nadie*. Uno no puede tenerlo expuesto en su biblioteca particular junto a otros libros, ordenados por temas o vinculados por algún significado especial. Ni siquiera se puede comprar, a pesar de que la nomenclatura al uso nos haga creer que sí. No se puede ser propietario de un ebook. Se puede abonar una licencia para acceder a contenido digital y leerlo, pero eso es todo. Y es una licencia que puede revocarse, como demostró Amazon cuando “recuperó” por vía electrónica el 1984 de Orwell que sus clientes creían haber adquirido. En el mundo digital, la ley ya no favorece al poseedor: tener es no tener, y poseer no significa que uno posea. Lo que sí se tiene es una pérdida de intimidad; al leer en un Kindle, el gran hermano mira por encima de tu hombro. Amazon realiza un seguimiento de lo que se lee, y quién sabe si de más cosas. Incluso genera informes de los pasajes más resaltados de un libro.

  Con el tiempo y el uso, transmisiones, cortes eléctricos y misteriosos fallos, los datos se pierden o se estropean; los ebooks tienen sus propios bichitos, duendes y lepismas. ¿Qué pasa si el proveedor de ebooks cierra, o si arde su centro de datos, o si sufre un sabotaje o un ataque cibernético? ¿Qué pasa si se compra nuevo hardware y, por cualquier motivo (falta una app, el diseño es malo, falla el software) ya no se puede acceder a la biblioteca de ebooks? ¿Qué pasa cuando pasa lo impensado?

  La blogosfera hierve con especulaciones sobre la naturaleza y el alcance de una eventual sustitución del libro en papel por el electrónico y registra cientos de motivos distintos, y a menudo apasionadas declaraciones, sobre por qué el libro es irreemplazable y seguirá existiendo. Se compara, por ejemplo, la compra de un ebook con la de una entrada de cine: un acto único. El libro, por su parte, se equipara a un DVD, adquirido por el deseo de poseer la obra para verla y disfrutarla repetidas veces, según apetezca.

  Lo que el libro es, hace y representa, y su interacción con la naturaleza humana, es lo que nos conforta con respecto a su futuro. En resumen, es real. Se puede sostener y, citando a Garrison Keillor, “el lomo descansa con suavidad en la mano”. Ofrece acceso a contenido intelectual (también los ebooks) y admite notas al margen, múltiples marcas de página, se deja doblar las esquinas. Aguardará paciente en una balda, proyectando una reconfortante sensación de permanencia, con aspecto hermoso o digno, a la espera de consulta o referencia cuando sean precisas. Se puede compartir, prestar o regalar. Junto a sus hermanas y hermanos, habla de los intereses de su dueño y de su amplitud y alteraciones en el tiempo. Los libros hacen compañía, son recordatorios de periodos vitales, sucesos, desarrollo intelectual, momentos compartidos, epifanías. Decoran el hogar. Muchos mantienen conexiones umbilicales con sus dueños de por vida.

  El libro es un signo cultural que llega a los sentimientos humanos más profundos y que con frecuencia alcanza cotas místicas. Los libros son tan importantes e influyentes que se prohíben, se censuran y se queman como brujas en la hoguera. Son sujetos orgánicos, vulnerables al daño y el deterioro, y aun así asombrosamente duraderos. El libro se ha vuelto omnipresente en la vida diaria; es un accesorio doméstico tan importante como un cuadro o una lámpara. Libros y estantes con libros aparecen en el catálogo de cualquier diseñador de interiores, e incluso existe un género bautizado por su emplazamiento: el libro de mesa o coffee table book. El hecho es que nuestro concepto del libro, algo amorfo, está asentado con tal firmeza que va más allá de la suma de sus partes. Garrisson Keillor lo expresó como nadie en su We Are Still Married: Stories & Letters (1989):

“Lento en salir del huevo, resistente como una tortuga, liviano y elegante como corresponde a un descendiente del árbol. Cerrado, el objet d’book parece una tabla. Abierto, sus alas pálidas acarician la punta de los dedos, el aroma de tinta fresca y pasta de papel estimula el olfato, el lomo descansa con suavidad en la mano. Un objeto hermoso y útil, adquirido desde la pasión por la verdad… Muchos años antes del altavoz y la cámara llegó esta cosa adorable, este jardín portátil que sobrevive a televisión, ordenadores, censura, malas escuelas y autores espantosos.”

  Las necrológicas sobre el libro nacen de la convicción de que el ritmo acelerado de venta de ebooks y lectores electrónicos continuará hasta que casi todo el mundo lea en este formato y el mercado editorial ya no deje margen para la supervivencia de las librerías físicas. En mi opinión, sin embargo, la historia de la innovación nos enseña una lección distinta. El rollo y el códice coexistieron durante siglos, del mismo modo que lo hicieron los manuscritos y los libros impresos. La televisión no acabó con la radio ni el cine; conviven sin problemas. Las salas de cine siguen adelante junto a Internet y a los DVD. El vídeo no mató a la televisión. El velcro no acabó con las cremalleras, ni estas con los botones. La avalancha de tejidos sintéticos “milagrosos” no ha reducido la demanda de lana y algodón. Abundan ejemplos como estos. Estoy convencido de que existe un mercado saludable para ambos más allá de cualquier predicción razonable de futuro, durante tanto tiempo como sigamos utilizando la rueda.»

Por Edward Morrow, cofundador de Northshire Bookstore, en su prólogo a Rebel Bookseller: Why Indie Bookstores Represent Everything You Want to Fight for from Free Speech to Buying Local to Building Communities, de Andy Laties (ed. 7 Stories Press, NY, 2011).

*Hay que aclarar aquí que en la traducción (o mejor, en la no traducción; hemos optado por ebook anteponiendo practicidad a purismo) se pierde un matiz: el inglés distingue entre e–reader para el aparato y e–book para la obra publicada. Obviamente, el primero sí puede utilizarse para todo eso. Para la puerta quizá no, pero como arma arrojadiza es seguro que funciona.
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Acerca de pequodllibres

Librería especializada en novela y narrativa C/Milà i Fontanals 59 - 08012 Barcelona (Vila de Gràcia)
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3 respuestas a Una reflexión sobre el libro electrónico

  1. Jam dijo:

    No puedo estar más en desacuerdo con este artículo, la verdad. Es una discusión que se mantiene desde hace años y muchos estamos cansados de todo esto. Quienes detestan los eBooks los detestarán siempre (o hasta que entiendan que no se trata de un “enemigo” que va a acabar con la industria, o que no es el soporte el que está perjudicando a las librerías o a otros agentes de la cadena, es el propio sector quien lo hace). Sin embargo los usuarios de libros electrónicos sí son apasionados de la lectura y no reniegan del libro impreso, simplemente comparten ambos sin problema. Veo más conflicto en quienes odian el soporte y no lo admiten que en los que lo aceptan y se emocionan leyendo hoy en su eBook el “Dracula” de Stoker, de igual manera que mañana pueden comprarse una edición de bolsillo de “Cien años de soledad” o el sábado una edición de lujo de las obras completas de Shakespeare. Los libros, por ser en digital, no son peores ni mejores. Yo sólo veo ventajas, comenzando por el acceso a fondos editoriales imposibles de conseguir en papel.
    En fin, que cada uno haga lo que quiera, lea lo que le apetezca y en el soporte que le dé la gana Y que se mantenga el respeto de unos hacia otros.

  2. Hola Jam, ¡gracias por tu comentario! En mi humilde opinión, el artículo concluye lo mismo que tu mensaje; que ambos soportes convivirán sin problemas en los años venideros… Por lo demás sí, es una apología del libro en papel como preferencia personal del autor, eso está claro. Pero no creo que haya falta de respeto en ningún momento. 🙂

    Mi experiencia personal con el libro electrónico fue parecida a la tuya: cuando vi que en Amazon podía tener las obras completas de Mark Twain o de Oscar Wilde por 5 o 10 dólares, se me hizo la boca agua. Sin embargo, no he conseguido acostumbrarme a leer en este formato. Supongo que por un lado, el “fetiche” del libro en papel pesa demasiado; por otro, me paso entre 8 y 10 horas diarias frente a una pantalla… en mis ratos de ocio, prefiero mirar a otro lado. 🙂

    ¡Saludos y felices lecturas, en el soporte que sea!

    P.

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